La Luna se aleja de la Tierra unos 3,8 centímetros cada año. Lo sabemos porque seguimos disparando láseres a los espejos que dejaron allí las misiones Apollo.
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Los astronautas del Apollo 11, el 14 y el 15 instalaron en la superficie lunar unos paneles de prismas de cuarzo llamados retrorreflectores: devuelven la luz exactamente en la dirección de la que viene. Los de Apollo 11 y 14 llevan 100 prismas cada uno; el de Apollo 15, 300. Desde 1969, varios observatorios terrestres les envían pulsos de láser y cronometran el viaje de ida y vuelta. Midiendo ese tiempo se obtiene la distancia Tierra–Luna con una precisión de pocos centímetros.
El resultado acumulado durante más de medio siglo es inequívoco: la Luna se separa. La causa son las mareas. El abultamiento que la Luna levanta en los océanos terrestres va por delante de ella, tira de la Luna hacia adelante y le transfiere momento angular; la Tierra pierde velocidad de rotación y la Luna sube a una órbita algo más alta. Es el experimento científico en activo más antiguo que tenemos fuera de la Tierra.