En 1901 se rescató de un pecio griego un artefacto de bronce con unos treinta engranajes: una calculadora astronómica del siglo II a. C. que seguía al Sol y a la Luna.
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El aparato apareció entre estatuas y ánforas en los restos de un barco hundido frente a la isla griega de Anticitera, tan corroído y fragmentado que durante décadas nadie supo bien qué era. Las imágenes de superficie y la tomografía de rayos X aplicadas a los fragmentos conservados revelaron un tren de unas treinta ruedas dentadas de bronce y centenares de inscripciones astronómicas grabadas en las placas.
Con esos engranajes el mecanismo reproducía el movimiento del Sol y de la Luna —incluida la irregularidad de la órbita lunar— y llevaba la cuenta de ciclos de calendario y de eclipses. No se documenta ningún dispositivo de complejidad comparable hasta al menos mil años después. Se le suele llamar «el ordenador analógico más antiguo que se conoce», y en este caso la etiqueta está justificada: es una máquina para calcular el cielo, construida a mano hace más de veintiún siglos.