El Sol no es amarillo: su luz es blanca. Lo vemos amarillento desde el suelo porque la atmósfera dispersa el azul, el mismo efecto que pinta de azul el cielo de día.
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La luz del Sol contiene, mezclados, todos los colores del arco iris; sumados dan blanco. Cuando esa luz atraviesa el aire, las moléculas dispersan mucho más las longitudes de onda cortas —el azul y el violeta— que las largas. El azul se reparte por toda la bóveda (de ahí el color del cielo) y al disco solar le queda un tono cálido, más acusado cuanto más bajo está sobre el horizonte y más aire tiene que atravesar.
La etiqueta de «enana amarilla» es una herencia histórica de la clasificación espectral: el Sol es de tipo G2V y su temperatura superficial nominal, fijada por la Resolución B3 de la UAI (2015), es de 5 772 K. A esa temperatura el máximo de emisión cae hacia los 500 nanómetros, en pleno verde, pero como el Sol emite con fuerza en todo el visible, el ojo integra la mezcla y la ve blanca. Las fotografías tomadas desde el espacio, sin atmósfera de por medio, lo confirman.