La velocidad de la luz ya no se mide: se ha decidido. Vale exactamente 299 792 458 metros por segundo porque el metro se define a partir de ella.
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Hasta 1983 el metro era un objeto: primero una barra de platino e iridio, después un número de longitudes de onda de una lámpara de kriptón. Aquel año la Conferencia General de Pesas y Medidas dio la vuelta al problema y fijó por decreto el valor de la velocidad de la luz en el vacío. El metro pasó a ser la distancia que recorre la luz en 1/299 792 458 de segundo, y desde entonces esa constante no tiene incertidumbre: cualquier medida más precisa mejora nuestros metros, no el valor de c.
La consecuencia práctica es enorme para la astronomía. Medir distancias se convirtió en medir tiempos, y los tiempos sabemos medirlos extraordinariamente bien. Así se obtiene la distancia a la Luna disparando láseres a los reflectores del programa Apolo, y así se sitúan las sondas interplanetarias: se cronometra cuánto tarda la señal en ir y volver.