La atmósfera emborrona todas las imágenes. En Paranal, uno de los mejores lugares del planeta para observar, la mitad de las noches el «seeing» es mejor que 0,72 segundos de arco.
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Se llama seeing a la borrosidad que la turbulencia del aire impone a las imágenes astronómicas: mide el tamaño en que se difumina la imagen de una estrella puntual. El ESO publica las estadísticas de su observatorio de Paranal, en el desierto de Atacama, y el percentil 50 está en 0,72 segundos de arco. Es un valor excelente; en un jardín de la meseta, con aire revuelto y calor devuelto por el suelo, la situación es bastante peor.
Ese límite, y no el tamaño del espejo, es lo que suele mandar en la nitidez de un telescopio grande desde tierra. Para esquivarlo hay dos caminos: salir de la atmósfera, como el Hubble o el James Webb, o corregirla en tiempo real deformando un espejo cientos de veces por segundo, que es lo que hace la óptica adaptativa. Para el aficionado hay un tercero, más humilde: esperar a las noches de aire quieto y observar cuando el objeto está alto.