En 1800 Herschel puso un termómetro justo más allá del rojo del espectro solar, donde no se ve nada. Marcó más temperatura que en cualquier color: acababa de descubrir el infrarrojo.
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Herschel quería saber si los distintos colores del espectro solar calientan de forma diferente. Descompuso la luz del Sol con un prisma y fue colocando en cada color un termómetro de bulbo ennegrecido, con otros dos fuera del espectro que le servían de control. Comprobó que la temperatura iba subiendo del azul hacia el rojo.
Entonces desplazó el termómetro un poco más allá del extremo rojo, a una zona donde el ojo no percibe absolutamente nada, y la lectura fue todavía más alta. Concluyó que del Sol llegan rayos invisibles que el prisma refracta más allá del rojo. Era la primera vez que alguien demostraba que existe luz que no podemos ver, y de aquel experimento con un prisma y tres termómetros desciende toda la astronomía infrarroja actual, incluidos telescopios espaciales como el James Webb.