El 1 de julio de 2025 el telescopio ATLAS de Río Hurtado (Chile) registró cuatro imágenes de 30 segundos con un punto móvil que, en cuestión de horas, cambió la conversación en medio mundo astronómico. Al día siguiente el Minor Planet Center publicaba la circular MPEC 2025-N12 y le asignaba una designación que solo dos objetos habían llevado antes: 3I/ATLAS, también catalogado como C/2025 N1. La «I» significa interstellar. Es decir: no nació aquí.
Después de 1I/ʻOumuamua (2017) y 2I/Borisov (2019), este es el tercer cuerpo confirmado que llega desde fuera del sistema solar, lo atraviesa y se marcha para no volver. Y es, con diferencia, el que mejor hemos podido estudiar. Te contamos qué sabemos, qué no sabemos y qué se puede ver desde España.
La trayectoria lo delata
Lo que convierte a 3I/ATLAS en un visitante y no en un vecino es pura geometría. Los cuerpos ligados al Sol recorren elipses, con una excentricidad menor que 1. La solución orbital del Jet Propulsion Laboratory (JPL) da para este objeto una excentricidad de 6,14: una hipérbola abierta, sin vuelta atrás. Ninguna perturbación planetaria conocida puede producir un valor así partiendo de una órbita cerrada.
El resto de los números refuerzan la idea. Su inclinación es de 175,1°: recorre prácticamente el plano de la eclíptica, pero en sentido contrario al de los planetas. Órbitas retrógradas las hay también en el sistema solar —1P/Halley, sin ir más lejos, tiene 162°—, así que la inclinación por sí sola no prueba nada; lo que no encaja con un origen local es la combinación de esa geometría con una excentricidad de 6,14. Y su velocidad es enorme: unos 221 000 km/h (unos 61 km/s) cuando se descubrió, y hasta unos 246 000 km/h (unos 68 km/s) en el momento de máximo acercamiento al Sol, según la NASA. Lejos de nuestra estrella conserva una velocidad residual de decenas de kilómetros por segundo; el Sol lo desvía, pero no consigue retenerlo.
Una vez calculada la órbita, las búsquedas en archivos permitieron recuperar imágenes anteriores al descubrimiento, hasta el 14 de junio de 2025, en placas de ATLAS y del Zwicky Transient Facility. Con ese arco más largo, la trayectoria quedó fijada con gran precisión.
Las fechas de su paso
- Perihelio (mínima distancia al Sol): 29 de octubre de 2025, a 1,356 unidades astronómicas (UA). Una UA es la distancia media Tierra-Sol, 149 597 870,7 km; 1,36 UA son unos 203 millones de kilómetros, justo por dentro de la órbita de Marte.
- Marte: paso cercano el 3 de octubre de 2025, aprovechado por las sondas que trabajan allí.
- Venus: 0,65 UA el 3 de noviembre de 2025.
- Tierra: mínima distancia el 19 de diciembre de 2025, a 1,80 UA (unos 270 millones de kilómetros). Conviene decirlo claro: en ningún momento supone riesgo alguno para nuestro planeta.
- Júpiter: 0,36 UA el 16 de marzo de 2026, ya de salida.
Cómo es: un núcleo pequeño y muy difícil de medir
Medir el núcleo de un cometa activo es complicado, porque lo que vemos es la coma —la envoltura de gas y polvo— y no la roca helada que hay debajo. Las observaciones del telescopio espacial Hubble del 20 de agosto de 2025 acotan el diámetro del núcleo entre 440 metros y 5,6 kilómetros, y las estimaciones que manejan varios equipos apuntan a algo del orden de un kilómetro. Es un rango amplio, y así hay que presentarlo: es lo que permiten los datos.
En brillo tampoco es un espectáculo a simple vista. Durante el verano y el otoño de 2025 se movió en torno a magnitudes +11 a +13 (la escala es inversa: cuanto mayor el número, más débil el objeto; el ojo desnudo llega a magnitud 6 en cielo oscuro). Traducido: hace falta telescopio, y en el ocular aparece como una manchita difusa, no como el cometa de las fotos de larga exposición.
Una química que no esperábamos
Aquí está la sorpresa científica. El telescopio espacial James Webb observó la coma cuando el cometa estaba a unas 3,3 UA del Sol y encontró un gas dominado por dióxido de carbono, con una proporción CO₂/H₂O de aproximadamente 8 a 1: una de las más altas medidas nunca en un cometa. Los cometas del sistema solar suelen estar dominados por vapor de agua cuando se acercan al Sol.
El observatorio Swift, por su parte, detectó emisión de hidroxilo (OH) —el rastro que deja el agua al romperse por la luz solar— cuando el objeto estaba todavía muy lejos, en torno a 3 UA. Que un cometa esté activo a esa distancia indica que hay hielos muy volátiles cerca de la superficie.
¿Qué significa? La interpretación más razonable es que 3I/ATLAS se formó en una región muy fría y muy alejada de su estrella de origen, donde el CO₂ se congela con facilidad. Estamos, literalmente, analizando material de otro sistema planetario sin salir de casa.
¿De dónde viene y cuántos años tiene?
Esta es la parte donde hay que distinguir con cuidado entre dato e hipótesis. La dirección de llegada y la velocidad de 3I/ATLAS son compatibles con una procedencia del disco grueso de la Vía Láctea, una población de estrellas viejas. Si esa asociación es correcta, el objeto sería muy antiguo: la estimación cinemática de Hopkins y colaboradores (2025) le da más de 7 600 millones de años, y el análisis de los isótopos del carbono realizado con el telescopio James Webb, publicado en Nature el 22 de junio de 2026, lo lleva a entre 10 000 y 12 000 millones de años, muy por encima de los 4 567 millones de años que tiene nuestro sistema solar. Sigue siendo una edad deducida de la dinámica y de la química, no medida directamente.
Dicho de otro modo: puede ser más viejo que el Sol, pero no lo sabemos con certeza, y quien lo afirme sin matices está adelantándose a los datos. Lo que sí es sólido es el mecanismo: los objetos interestelares son restos de la formación planetaria expulsados de su sistema por el tirón gravitatorio de un planeta gigante o de una estrella que pasó cerca.
Tres visitantes, tres objetos muy distintos
| | 1I/ʻOumuamua | 2I/Borisov | 3I/ATLAS |
| Descubrimiento | 19 de octubre de 2017 (Pan-STARRS 1, Hawái) | 30 de agosto de 2019 (G. Borísov, Crimea) | 1 de julio de 2025 (ATLAS, Chile) |
| Excentricidad | 1,20 | 3,36 | 6,14 |
| Perihelio | 9 de septiembre de 2017, a 0,26 UA | 8 de diciembre de 2019, a 2,01 UA | 29 de octubre de 2025, a 1,36 UA |
| Inclinación | 122,7° | 44,1° | 175,1° |
| Tamaño estimado | Unos cientos de metros, forma muy alargada | Núcleo inferior a 1 km | Entre 0,44 y 5,6 km |
| Actividad | Sin coma detectada | Cometa clásico, rico en CO | Coma muy rica en CO₂ |
| Tiempo de estudio | Semanas, ya alejándose | Varios meses | Más de un año, con vigilancia previa al perihelio |
La diferencia clave es esa última fila. ʻOumuamua se detectó cuando ya se marchaba y apenas dio tiempo a nada; de ahí buena parte de las especulaciones que generó. Con 3I/ATLAS ocurrió lo contrario: se descubrió con meses de margen y llegó preparada una campaña coordinada con Hubble, Webb, Swift, SPHEREx, TESS, XMM-Newton y hasta las sondas que orbitan Marte, además de decenas de telescopios en tierra.
No, no es una nave
Cada vez que aparece un objeto interestelar reaparece la hipótesis de la tecnología extraterrestre, y con 3I/ATLAS volvió a ocurrir. Merece una respuesta tranquila: todo lo observado encaja con un cometa natural. Tiene coma y cola de polvo, sublima hielos, muestra líneas espectrales de moléculas conocidas y sigue una trayectoria explicable con gravitación más un pequeño empuje no gravitatorio, exactamente el que produce el gas al escapar del núcleo. Ninguna observación exige una explicación artificial.
Lo verdaderamente extraordinario ya es suficiente: por tercera vez en la historia hemos podido apuntar nuestros instrumentos a un pedazo de otro sistema planetario.
Actualización posterior: qué hemos aprendido
El cometa pasó su perihelio el 29 de octubre de 2025, y desde entonces se han ido publicando nuevos resultados sobre su composición y su origen. Estos son los principales:
- Se detectaron níquel y hierro en estado gaseoso en la coma. La proporción Ni/Fe empezó siendo la más alta medida en cometa alguno y fue evolucionando hasta parecerse a la de cometas del sistema solar como 9P/Tempel 1.
- La química cambió con el calor: la relación CO₂/H₂O, altísima al principio, bajó de forma notable conforme el cometa se acercó al Sol y el hielo de agua empezó a sublimar. La composición que vemos depende mucho de cuándo miramos.
- El telescopio James Webb midió los isótopos del carbono y del hidrógeno en la coma: mucho deuterio y muy poco carbono-13, la huella de una formación en un entorno frío y pobre en metales. De ahí sale la estimación de que el cometa se formó hace entre 10 000 y 12 000 millones de años (Nature, 22 de junio de 2026).
- La experiencia servirá para preparar la misión Comet Interceptor de la ESA, diseñada precisamente para esperar en el espacio a un cometa nuevo —quizá otro interestelar— y salir a su encuentro.
Qué nos llevamos
3I/ATLAS ya se aleja y no volverá. Pero deja algo que se queda: la comprobación de que los objetos interestelares no son rarezas irrepetibles, sino una población que empezamos a poder muestrear. Con instalaciones como el Observatorio Vera C. Rubin en marcha, es razonable esperar que estas visitas dejen de contarse con los dedos de una mano.
Cada uno de estos cuerpos es una muestra gratuita de otro sistema planetario. Comparando su composición con la de nuestros cometas iremos respondiendo a una pregunta que nos importa mucho: si los ingredientes y los procesos que formaron la Tierra son algo corriente en la galaxia o una excepción afortunada.
Si quieres seguirle la pista a lo que hay sobre tu cabeza esta noche, pásate por el cielo esta noche o por nuestra sección de sistema solar. Y si te apetece mirar por un telescopio con nosotros, consulta las próximas actividades.